Las catástrofes nos harán más rígidos pero quizá la rigidez no sea la respuesta
Debemos bascular sabiamente entre las culturas rígidas y las flexibles en función del contexto, como buenos jugadores de póquer y no de ajedrez.
¿Somos tribalistas, egoístas, cooperadores, altruistas, cerrados, abiertos? Somos todo eso porque cada individuo es distinto. También somos todo eso porque cada grupo humano tiende a ser de un modo u otro en función del contexto, aunque la tendencia puede ser más o menos marcada.
Así, por ejemplo, cuando se produce una catástrofe, los grupos humanos tienden a cohesionarse. La pregunta, sin embargo, radica en cómo lo harán.
Las culturas rígidas, habituadas a normas estrictas y una fuerte estructura organizativa, ya poseen las herramientas necesarias para afrontar crisis. Por otro lado, las culturas flexibles, que hasta ahora han prosperado gracias a su adaptabilidad y tolerancia, tendrán que adoptar marcos más rígidos para coordinarse frente a los desafíos que trae consigo una crisis, ya sea económica, social, climática u otras.
Esta tensión entre rigidez y flexibilidad es una cuestión central en la novela de ciencia ficción The Collapse of Western Civilization: A View from the Future (2014), de Naomi Oreskes y Eric Conway.
Ambientada en el año 2393, la obra describe un apocalipsis ambiental provocado por la insensatez humana. Las civilizaciones occidentales sucumben al caos por su incapacidad para implementar regulaciones estrictas que limiten los niveles de CO₂, atrapadas en su obsesión por proteger las libertades personales. Mientras tanto, China, con su control vertical y su capacidad de imponer una disciplina férrea, es el único país que sobrevive.
Aunque ficticio, este escenario esboza algunas de las ideas que la psicóloga cultural Michele Gelfand aborda en mayor profundidad en su ensayo Rígidos contra flexibles: Reglas de oro para un mundo sin normas, donde disecciona cómo las culturas oscilan entre la rigidez y la flexibilidad, y cómo esas dinámicas condicionan su éxito o fracaso ante contextos adversos.
Rígidos contra flexibles
Las sociedades rígidas, según Gelfand, prosperan en tiempos de incertidumbre porque su adhesión a normas claras y estrictas les permite una coordinación rápida y eficaz.
No es casualidad que países como China o Singapur, que han consolidado un alto grado de control social, sean capaces de responder de forma ordenada y contundente frente a crisis, desde pandemias hasta desastres naturales.
Sin embargo, esta rigidez tiene su cara oscura: puede sofocar la innovación, inhibir el pensamiento crítico y fomentar actitudes hostiles hacia la diversidad, como un roble que, aunque firme, puede quebrarse ante vientos demasiado fuertes.
En contraste, las culturas flexibles, como las de Europa o Estados Unidos, valoran la autonomía individual, la creatividad y el cuestionamiento de las normas. Estas cualidades las convierten en motores de innovación y adaptabilidad en tiempos de bonanza. Pero, como bien señala Gelfand, una cuerda demasiado floja no puede sostener un puente. En situaciones críticas, donde la acción colectiva y la disciplina son esenciales, la flexibilidad puede volverse una debilidad, incapaz de forjar el consenso necesario para actuar con rapidez y determinación.
El dilema es este: si bien la rigidez puede garantizar la supervivencia a corto plazo, su asociación con el etnocentrismo y la intolerancia plantea riesgos de fragmentación global. Un mundo donde cada cultura se endurece, protegiendo celosamente sus propios intereses mientras compite por recursos menguantes, se asemeja a un tablero de ajedrez donde las piezas se enfrentan en un conflicto interminable. Las guerras, la radicalización y la hostilidad intercultural tienden a ser inevitables en un escenario donde la rigidez se convierte en regla universal.
Elasticidad cultural
Existe una alternativa más prometedora, basada en lo que Gelfand denomina «elasticidad cultural»: la capacidad de una sociedad para ajustar su nivel de rigidez o flexibilidad en función de las circunstancias.
Un caso paradigmático es el Japón del período Meiji (1868-1912). Durante siglos, Japón operó como una cultura altamente rígida, aislada del resto del mundo bajo la política de sakoku, que restringía el comercio exterior y la interacción cultural. Sin embargo, al afrontar la presión de las potencias occidentales en el siglo XIX, el país mostró una sorprendente elasticidad al abandonar su aislamiento y adoptar rápidamente tecnologías, sistemas políticos y métodos industriales de Occidente. Este cambio, aunque mantenía ciertos elementos de su rigidez tradicional, permitió a Japón transformarse en una potencia moderna en un tiempo relativamente corto, demostrando cómo una cultura puede tensar o relajar sus normas según las exigencias del entorno.
Otro ejemplo revelador es la respuesta de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Tradicionalmente una cultura flexible, caracterizada por su individualismo y diversidad, logró adoptar temporalmente un nivel de rigidez organizativa sin precedentes para coordinar la producción masiva de armamento, organizar a su población y movilizar recursos en un esfuerzo nacional. Esta elasticidad fue decisiva para el éxito de la nación en un contexto donde la falta de disciplina hubiera resultado desastrosa. Sin embargo, una vez finalizada la guerra, Estados Unidos regresó a su paradigma cultural más flexible, lo que le permitió liderar una era de innovación tecnológica y crecimiento económico.
Michele Gelfand argumenta que la elasticidad cultural no solo depende de las circunstancias externas, sino también de la capacidad interna de una sociedad para reconocer cuándo debe ajustar su enfoque. En las culturas rígidas, esto implica relajar ciertas normas sin erosionar la estructura organizativa; en las culturas flexibles, requiere imponer límites claros que no comprometan la creatividad. La elasticidad cultural es, en esencia, un «arte de la tensión», donde la clave no es elegir entre rigidez o flexibilidad, sino aprender a oscilar entre ambas con sabiduría.
El cambio climático, como desafío planetario, podría convertirse en el catalizador que conduzca a la humanidad a desarrollar este equilibrio. Para ello, sería necesario construir normas globales que combinen la disciplina de la rigidez con la apertura y la innovación propias de la flexibilidad. Estas reglas no deberían uniformar las culturas, sino aprovechar sus fortalezas particulares para integrarlas en un esfuerzo colectivo.
Otro ámbito donde la elasticidad cultural se vuelve relevante es en la gestión de pandemias. Países como Nueva Zelanda mostraron una gran capacidad para adoptar temporalmente medidas rígidas, como estrictos confinamientos y cierres fronterizos, sin comprometer su naturaleza abierta y democrática. Esta habilidad para alternar entre el control y la adaptabilidad resultó en una respuesta efectiva al COVID-19, marcando un contraste con otras naciones que se mantuvieron demasiado rígidas o excesivamente laxas, con resultados desastrosos.
En un futuro donde las amenazas globales serán cada vez más complejas, la elasticidad cultural no solo será un recurso valioso, sino una necesidad existencial. Sin duda, es una misión ambiciosa, pues si un individuo suele ser remiso a la hora de cambiar, más lo es un país o una cultura. Sin embargo, bascular entre las normas fijas y las normas adaptativas puede poner a prueba nuestra sabiduría. Aquella que usamos más a la hora de jugar al póquer en vez del ajedrez.
Deepseek
La irrupción de la inteligencia artificial china Deepseek ha pillado completamente a contramano a Silicon Valley: su modelo más avanzado de razonamiento es más potente que ChatGPT o1, la versión más potente hasta el momento de OpenAI, pero gratuito en su uso casual y mucho más barato en uso corporativo. Además, está en código abierto
Deepseek, en su esencia, representa una adaptación dinámica del poder tecnológico chino para responder a un mundo multipolar, mostrando cómo la elasticidad cultural puede ser utilizada como una herramienta para superar las limitaciones de los modelos tradicionales.
Si observamos a través del prisma de rigidez y flexibilidad cultural, China es un ejemplo fascinante de cómo una sociedad tradicionalmente rígida puede, en momentos clave, adoptar principios de flexibilidad para competir e incluso superar a culturas más permisivas. Bajo su sistema centralizado, China ha utilizado la rigidez para movilizar recursos de forma eficiente, garantizar estabilidad interna y priorizar proyectos estratégicos a largo plazo, como la expansión de sus capacidades tecnológicas. Sin embargo, Deepseek refleja algo más: un giro hacia la flexibilidad en su enfoque global, ofreciendo un modelo abierto y accesible que contrasta marcadamente con el enfoque de las empresas tecnológicas occidentales, a menudo caracterizadas por el lucro y la exclusividad.
Mientras OpenAI, que alguna vez prometió democratizar la inteligencia artificial, ha evolucionado hacia un modelo corporativo que prioriza los intereses privados, Deepseek se presenta como una alternativa que trasciende las fronteras nacionales, fomentando la colaboración global en lugar de la competencia agresiva. Este cambio no solo demuestra la elasticidad cultural de China, sino también su comprensión estratégica de que, en el ámbito tecnológico, el poder blando —es decir, la capacidad de influir a través del atractivo y la persuasión— es tan importante como la fuerza económica o militar.
En este sentido, Deepseek puede interpretarse como una extensión de la estrategia más amplia de China para proyectar su influencia sin recurrir a un intervencionismo agresivo. A diferencia de Estados Unidos, que ha utilizado su poder global para imponer su modelo político y económico a través de una combinación de sanciones, intervenciones militares y presión diplomática, China ha optado por un enfoque más discreto. Exceptuando su disputa territorial con Taiwán, China no ha dado señales de imperialismo territorial ni de injerencias en los asuntos internos de otras naciones, lo que refuerza su imagen como un actor pragmático y no conflictivo en el escenario internacional.
Así, el surgimiento de Deepseek no es solo una declaración de intenciones tecnológicas, sino un reflejo de cómo las culturas rígidas pueden incorporar elementos de flexibilidad cuando el contexto lo requiere. Un producto de un sistema rígido que, a través de su apertura y colaboración, introduce un componente de flexibilidad que refuerza su alcance global.
Qué bueno, Sergio. Por lo que comentas, el libro de Gelfand parece profundizar en algunas ramificaciones de Antifrágil de Taleb. ¿Te ha dado esa sensación o encuentras distancias significativas?