El 99 % del conocimiento que nadie puede tener
Incluso las personas más brillantes observan el mundo a través de una ventana sorprendentemente estrecha. Por ello, no nos podemos fiar de ellas (ni de nosotros), sino de nuestras conexiones.
Existe una tendencia curiosa, y quizá muy humana, entre ciertos intelectuales a suponer que, puesto que saben muchísimo sobre unas cuantas cosas extraordinariamente complejas, deben de saber también qué conviene hacer con el resto del mundo. Es una conclusión tentadora. Después de todo, si uno ha pasado media vida estudiando sistemas económicos, filosofía política o partículas subatómicas, resulta razonable pensar que eso debería servir para algo más que para impresionar a los invitados en una cena.
El problema es que el conocimiento no se distribuye como una colección de enciclopedias cuidadosamente ordenadas en una biblioteca. Se parece más a los objetos que se acumulan en los cajones de una casa: una llave cuya cerradura nadie recuerda, una linterna que funciona sólo si se golpea dos veces, un número de teléfono escrito en un papel amarillento. Cada elemento, por separado, parece insignificante. Sin embargo, juntos permiten que la casa siga funcionando.
Las élites altamente educadas suelen poseer una cantidad impresionante de conocimiento especializado por persona. En eso no hay discusión posible. Lo que a veces pasan por alto es que millones de personas corrientes poseen, entre todas, una cantidad mucho mayor de conocimiento práctico sobre cómo funcionan realmente las cosas: cómo se dirige un negocio, cómo se cultiva una cosecha, cómo se repara una máquina, cómo reaccionan los clientes, los vecinos, los empleados o los pasajeros de un tren cuando la teoría se encuentra con la realidad.
Si nadie posee ni siquiera una pequeña fracción del conocimiento total disponible en una sociedad, y ciertamente nadie se acerca a ello, entonces la idea de que un reducido grupo de personas especialmente instruidas pueda reorganizar la vida de todos los demás desde un despacho resulta menos tranquilizadora de lo que parece. Es un poco como entregar el timón de un enorme transatlántico a alguien que conoce perfectamente la física de los océanos, pero jamás ha visto una tormenta. O un iceberg.
La historia está llena de ejemplos de personas inteligentes, convencidas además de su propia virtud, que intentaron mejorar el mundo siguiendo planes impecables sobre el papel. Lo sorprendente no es que algunos fracasaran. Lo sorprendente es que alguien siga creyendo que una cantidad tan pequeña de conocimiento concentrado puede sustituir a la inmensa y desordenada sabiduría dispersa entre millones de individuos.
La entelequia de la planificación centralizada
La planificación centralizada ha protagonizado algunos de los experimentos económicos más ambiciosos del siglo XX y, al mismo tiempo, algunos de los más espectaculares fracasos. Lo curioso es que quienes la diseñaban no eran ignorantes precisamente. Solían ser personas extraordinariamente preparadas, armadas con montañas de estadísticas, informes encuadernados y gráficos capaces de provocar una suerte de vértigo epistémico al ciudadano medio. Sin embargo, una y otra vez descubrieron que disponer de más datos no equivale necesariamente a comprender mejor una sociedad.
Mientras tanto, millones de personas corrientes seguían haciendo algo aparentemente menos sofisticado: comprar, vender, negociar, probar, equivocarse, volver a intentarlo y llegar a acuerdos mutuamente beneficiosos. Ninguno de ellos poseía una visión completa de la economía. Ni siquiera una visión particularmente amplia. Pero, entre todos, aportaban una cantidad de conocimiento práctico imposible de concentrar en una oficina gubernamental, por grande que fuera el edificio o por impresionante que resultara la colección de archivadores.
La prueba más contundente quizá sea que, cuando numerosos países abandonaron gradualmente los sistemas de planificación centralizada y permitieron una mayor libertad económica, los resultados fueron difíciles de ignorar. En lugares como China e India, centenares de millones de personas salieron de la pobreza mientras las economías crecían a ritmos que habrían parecido fantasía unas décadas antes. Y el milagro no aconteció porque de repente aparecieran genios económicos desconocidos, sino porque se permitió que el conocimiento disperso de millones de individuos encontrara formas de coordinarse a través del intercambio voluntario.
De hecho, lo más sorprendente es que algunos de los logros colectivos más extraordinarios de nuestro tiempo no fueron planificados por nadie. Nadie diseñó una enciclopedia mundial escrita por voluntarios dispersos por todos los continentes (Wikipedia). Nadie elaboró un plan maestro para crear un sistema operativo que hoy mueve la mayor parte de Internet (Linux). Nadie organizó desde un ministerio un mapa detallado del planeta actualizado por millones de personas (OpenStreetMap).
Tampoco nadie diseñó los protocolos abiertos que permiten funcionar a internet, ni el sistema mundial de correo electrónico que conecta a miles de millones de personas, ni los sistemas de reputación que hacen posible que desconocidos intercambien bienes y servicios con suficiente confianza como para realizar millones de transacciones diarias en plataformas como eBay. Del mismo modo, proyectos científicos colaborativos como Galaxy Zoo han permitido clasificar galaxias mediante el trabajo voluntario de cientos de miles de personas sin formación especializada. Y, sin embargo, ahí están. Funcionan, evolucionan y mejoran cada día gracias a la contribución de individuos que persiguen objetivos distintos y poseen fragmentos distintos de conocimiento.
Como observa Yochai Benkler en El pingüino y el Leviatán, la cooperación humana suele surgir de formas inesperadas cuando las personas tienen libertad para actuar, intercambiar información y coordinarse espontáneamente. Resulta una idea un tanto desconcertante para quienes prefieren imaginar que detrás de toda obra importante hay un comité, una comisión o, mejor aún, una comisión encargada de supervisar al comité.
Lo mismo sucede en ámbitos mucho más cotidianos. Nadie diseña una ciudad vibrante calle por calle. Nadie decide qué cafetería acabará convirtiéndose en el punto de encuentro favorito del barrio ni qué avenida terminará concentrando librerías, talleres o restaurantes. Tampoco existe una autoridad que determine qué rutas seguirán millones de conductores para evitar atascos, qué barrios se pondrán de moda, qué expresiones lingüísticas acabarán incorporándose al habla común o qué recetas terminarán formando parte de la identidad gastronómica de una región.
Las modas afloran de dinámicas complejas entre pares (que las empresas de marketing suelen detectar y explotar después, no antes).
Nadie diseña una lengua desde cero, ni inventa por decreto su vocabulario. Las palabras surgen, compiten, se transforman y desaparecen a través de innumerables interacciones entre hablantes.
Ni los tabúes, ni las normas de cortesía, ni las costumbres matrimoniales, ni los rituales funerarios fueron diseñados por una mente maestra. Nadie decidió qué palabras resultarían elegantes y cuáles vulgares, qué prendas simbolizarían prestigio, qué gestos serían interpretados como una falta de respeto o qué alimentos acabarían asociándose a celebraciones concretas. Tampoco hubo un planificador que determinara qué historias merecían ser recordadas, qué canciones pasarían de generación en generación o qué héroes ocuparían un lugar privilegiado en la memoria colectiva.
Del mismo modo, las reputaciones, los acentos, los cánones de belleza, las reglas implícitas de convivencia, los códigos de honor, las tradiciones locales, los refranes populares, los chistes compartidos, los nombres propios más comunes o incluso las formas aceptables de expresar emociones son el resultado de innumerables interacciones acumuladas durante largos periodos de tiempo por personas que sólo conocen una pequeña parte de la realidad. Lo inquietante es que el resultado suele parecer tan ordenado que induce a creer que alguien debió planificarlo cuidadosamente desde el principio, tal y como sucede cuando descubrimos que la sofisticación de nuestro ojo es fruto del azar, la selección natural y grandes cantidades de tiempo y no de un supuesto diseñador inteligente.
Esa idea constituye, en el fondo, una de las grandes lecciones de la complejidad. Cuanto más avanzada es una sociedad, más depende de conocimiento que nadie posee individualmente. El verdadero milagro no es la inteligencia de una persona, sino la capacidad de muchas personas de forma inteligente.
El conocimiento especializado es valioso, por supuesto. Sería una imprudencia confiar una operación quirúrgica a una votación popular. Pero coordinar una sociedad entera es una tarea de naturaleza distinta. En ella, el verdadero milagro no consiste en que unas pocas personas sepan mucho, sino en que millones de personas sepan algo. Y que, sin necesidad de conocerse entre sí ni de comprender el conjunto completo, sean capaces de generar un orden que ningún planificador habría podido diseñar de antemano.
Gran parte de ese saber parece trivial cuando se observa aisladamente: las preferencias de un consumidor, la experiencia de un agricultor, la intuición de un comerciante, la información local que posee un vecino. No obstante, son precisamente esos fragmentos los que permiten que una sociedad funcione.
Por eso resulta tan arriesgado sustituir ese proceso por las decisiones de un grupo reducido de expertos, por muy inteligentes y bienintencionados que sean. La cuestión no es que sepan poco. La cuestión es que nadie sabe lo suficiente.
Skin the game
Hay una diferencia curiosa entre los sistemas que evolucionan por sí mismos y los que son diseñados desde arriba. Los primeros (los mercados, las costumbres, las soluciones que las personas encuentran para sus propios problemas) suelen avanzar de una manera poco elegante pero sorprendentemente eficaz: prueban algo, se equivocan, corrigen el rumbo, vuelven a intentarlo y, si la realidad insiste en llevarles la contraria, terminan por rendirse ante la evidencia. No es un procedimiento especialmente noble ni ordenado, pero tiene la ventaja de que la realidad participa activamente en la conversación.
Los procesos políticos y legales funcionan de otra manera. Una vez que una decisión ha sido tomada, adquiere una respetabilidad casi ceremonial. Un político puede soportar muchas cosas, pero admitir que se equivocó rara vez figura entre ellas. En el ámbito jurídico ocurre algo parecido: una decisión genera precedentes, y los precedentes, como ciertas grietas en una pared antigua, tienden a permanecer mucho más tiempo del que cualquiera hubiera imaginado al principio.
Cuando una persona decide por sí misma, el error suele ser inmediato y desagradablemente instructivo. Si compra algo inútil, pierde su dinero. Si emprende un proyecto absurdo, pierde tiempo, energía o ambas cosas. La corrección llega rauda y veloz, a menudo con una contundencia memorable. Pero cuando las decisiones se toman para millones de personas, los costes de rectificación son mucho mayores y, con frecuencia, recaen sobre quienes no participaron en la decisión original. Quien cometió el error puede incluso haber abandonado el cargo mucho antes de que aparezca la factura.
Visto así, el éxito de las economías de mercado deja de parecer un misterio. Son sistemas imperfectos, desordenados y a veces exasperantes, pero permiten una corrección continua de los errores. Permiten el skin the game de Taleb.
Sin embargo, nuestra intuición sigue insistiendo que necesitamos al experto, al guía, al héroe, al sabio, al visionario, al ungido. En función de cómo nos posicionemos en el espectro político y/o epistémico, de hecho, estas figuras adquirirán uno u otro cariz. O dicho de otro modo: adoptaremos concepciones radicalmente diferentes sobre dónde reside realmente el mayor conocimiento en la sociedad.
Unos depositan su confianza en expertos, técnicos, académicos e instituciones capaces de analizar la sociedad desde una posición elevada. Otros la sitúan en empresarios, productores, comunidades locales o tradiciones que han sobrevivido al paso del tiempo. Ambos creen, en cierto modo, que existe un grupo especialmente capacitado para ver lo que los demás no ven.
Sin embargo, los necesitamos a todos. Lo que no necesitamos es que nadie eclipse el conocimiento de los demás de forma tajante. Porque nadie sabe realmente demasiado.
La cuestión se vuelve aún más delicada cuando recordamos que la educación formal no inmuniza contra ninguno de los defectos humanos habituales. La ignorancia de una élite sigue siendo ignorancia. Sus prejuicios siguen siendo prejuicios. Y su tendencia al pensamiento grupal (esa curiosa inclinación de las personas inteligentes a repetir las mismas ideas mientras se felicitan mutuamente por su independencia intelectual) continúa siendo pensamiento grupal.
Incluso las personas más brillantes observan el mundo a través de una ventana sorprendentemente estrecha. Sus conocimientos pueden ser profundos, incluso extraordinarios, dentro de determinados ámbitos; sin embargo, fuera de ellos navegan con las mismas limitaciones, intuiciones erróneas y puntos ciegos que el resto de los mortales.
El poder puede concentrarse. El conocimiento, no. Es relativamente sencillo reunir autoridad, recursos y capacidad de decisión en unas pocas manos. Lo que no puede reunirse con la misma facilidad es la enorme cantidad de información fragmentaria que existe en la cabeza de millones de individuos. Esa información permanece dispersa, inaccesible e inevitablemente local.
Los planes suelen parecer impecables sobre el papel. Los diagramas son elegantes. Los objetivos, nobles. Lo que falta es el conocimiento que nunca llegó a incorporarse al diseño porque nadie sabía que existía o porque resultaba imposible condensarlo en un modelo.
La historia está llena de gobernantes convencidos de que disponían de información suficiente para rediseñar economías, culturas o naciones enteras. Y casi todos descubrieron, tarde o temprano, que la realidad escondía una cantidad desconcertante de detalles que nadie les había mencionado. Porque, sí, la realidad es infinita, pero la fantasía no lo es.
Después de todo, si algo demuestra la experiencia humana es que nadie entiende realmente cómo funciona el mundo. Los economistas apenas entienden la economía, los urbanistas se sorprenden de cómo crecen las ciudades, los expertos en educación discrepan sobre cómo educar y los meteorólogos, pese a disponer de satélites, superordenadores y mapas llenos de colores alarmantes, siguen teniendo dificultades para saber si lloverá el próximo sábado. Y, sin embargo, aquí seguimos. Alimentados, vestidos, conectados y razonablemente organizados. No porque alguien lo haya planeado todo, sino porque millones de personas hacen pequeñas cosas útiles todos los días. Considerando lo improbable que suena eso, el verdadero milagro quizá no sea que la civilización funcione tan bien. El verdadero milagro es que funcione en absoluto.




Lo que describes es el efecto Dunning-Kruger del especialista o intelectual: es decir, no la ignorancia que no se reconoce, sino la competencia que no reconoce sus propios límites de dominio.
Lo primero que quería decirte Sergio es que no doy a bastos con tus post. Estoy con la consulta de fisioterapia, terminando un máster, con un libro en edición y escribiendo otro, y a pesar de que lo intento cuando tengo un rato libre, no consigo ponerme al día. Guardo tus posts en una carpeta del correo para no perderme uno, porque aunque hayan algunos temas más interesantes para mí que otros, sé que siempre encuentro alguna idea brillante, una derivación sorpresiva, o una visión clarificadora. Y claro, como aprendiz de polímata, me tienes como un adicto. El pasado finde que viaje a Madrid, reuní 4 o 5 post para leerlos seguidos. Por eso puedes observar que a veces hago comentarios a post de hace tiempo (tengo guardados por leer de 2025). Así que por un lado felicidades, pero por otro…. Me tienes jodidamente frustrado!!!.
Bueno, a lo que iba con este post. Como siempre brillante, me ha recordado con la frase final: “El verdadero milagro es que funcione en absoluto”, una vez impartiendo clase un profesor de embriología en la facultad, nos comentaba a cada paso del proceso madurativo del feto, desde el zigoto hasta el parto, los innumerables problemas que podía haber durante el desarrollo intrauterino, y que por eso frecuentemente había abortos. Yo le dije, que por lo que nos comentaba, de milagro nacían los chiquillos sanos. Y él respondía, que efectivamente era así, que por eso lo llamaban “el milagro de la vida”. Y es que lo primero, la vida es el mejor ejemplo del sesgo del superviviente, y por otro, que todo lo que es complejo es imposible entenderlo en toda su magnitud, emergiendo efectos y resultados no controlables, que como dice Taleb, racionalizamos y explicamos sólo a posteriori.